boeuf bourguignon

Simone tenía por costumbre salir a pasear cada día después de desayunar. Simone y su perro, un beagel que siempre le acompañaba a todas partes, vivían desde hacía poco más de un mes en aquel tranquilo barrio de París, en un pequeño edificio de apartamentos, como Joseph, un funcionario jubilado que vivía solo, Emilie, una bailarina con compañeros de piso a tiempo parcial y  Rose, viuda y con dos hijo ya emancipados. Lo primero que hacía en sus salidas matinales era ir hasta el quiosco a comprar un par de periódicos, hacía falta llenar el resto del día con alguna distracción más. Simone era profesora, pero hacía tres años que había dejado la docencia para dedicarse completamente a escribir. Después de su huida precipitada de Marsella no lo había vuelto a hacer. Con los periódicos en la bolsa también se llevaba a casa alguna noticia extra sobre el barrio que le explicaba Pierre, el quiosquero que llevaba más de treinta años allí vendiendo periódicos y revistas y que casi sabía tanto de la vida de los otros como ellos mismos. Quién también formaba parte del día a día de aquel barrio era Julie, la dependienta de la floristería que cada día le dedicaba una sonrisa y le deseaba un feliz día cuando pasaba por delante de su establecimiento. Siempre se decía que algún día le compraría un ramo de flores.

Cuando se terminaba la jornada toda aquella gente del barrio se cerraba en sus hogares, solos, ellos y sus circunstancias, igual que ella desde el día que llegó ahí, después de su ruptura con Jean-Paul. Fue entonces cuando decidió volver a París, la habían abandonado después de su liberación de las tropas alemanas y no habían vuelto a poner el pie en ella.

Se acercaba el buen tiempo y pensó que sería un buen momento para organizar una cena en la terraza de su apartamento, presentarse como nueva en el vecindario y conocerles un poco mejor a todos. Se lo diría a Rose, a ver si le podía dar una mano con los preparativos.

Aquella misma mañana, antes de salir a la calle con su perro, decidió pasar por casa de Rose para que le diera un vistazo a la lista de gente que había pensado invitar a la cena. La encontró atareada, arriba y abajo acabando de preparar la habitación del nuevo huésped que llegaba aquella misma mañana. –Deja la lista sobre la cómoda y ayúdame a hacer esta cama, es tarde!, le dijo lanzándole un sábana desde la otra punta de la cama. En el preciso momento que le decía esto sonó el timbre. Rose salió disparada de la habitación para abrir la puerta y, instintivamente, Simone la siguió hasta medio pasillo. Detrás de la puerta apareció un hombre, no le ponía más años que ella, arrastrando una maleta y con una cámara colgada del cuello. Rose durante la guerra hospedó en su apartamento todo tipo de ‘personalidades’, algunas veces con finalidades más lucrativas y otras no tanto, y al finalizar esta continuó con esta práctica clandestina que la ayudaba a su propio sustento. Mientras Rose le daba la bienvenida y lo acompañaba hasta la que sería su habitación, Simone veía toda la escena plantada en medio del pasillo, cruzándose la mirada con aquel hombre en el preciso momento que pasaban por su lado, penetrante, aferrada a la pared, para no caer en el abismo que notaba bajo sus pies. ¿Quién era ese hombre? Con el paso de los días Rose le explicó que se llamaba Henri, un fotógrafo que se alojaría durante un tiempo allí, no tenía más información. –Si queremos saber más lo tendrás que invitar a cenar, le dijo Rose con una sonrisa llena de ironía, pues se había dado cuenta de la atracción mutua que habían sentido en ese primer encuentro.

La semana transcurría con normalidad, pero ya habían empezado con los preparativos de la cena del sábado en el apartamento de Simone. Rose se encargaría de los entrantes y los postres y Simone haría bouef Borguignon. La carne ya marinaba en el vino con las verduras y el Bouquet Garni, faltaban tan solo dos días, y después de aquel primer encuentro no había coincidido más con Henri, pero Rose se había emperrado también en invitarlo. Esto la tenía más nerviosa de lo que es normal en ella cuando tenía invitados, pues con Jean-Paul las fiestas y actos sociales se producían con bastante asiduidad en su casa, y se había pasado toda la mañana buscando entre las cajas aún amontonadas de la mudanza el vestido de su madre. Pensaba que nunca se lo llegaría a poner aquel vestido, pero en aquella ocasión algo la llevaba a hacerlo.

Todo estaba a punto, Rose hacía un rato que se había ido a su casa a cambiarse de ropa, y ella, de pie delante el espejo, con el vestido de su madre y los zapatos de tacón, veía delante suyo otra mujer, nuevamente ilusionada, segura de sí misma, por una noche quería olvidarse de quien era, el futuro ya lo afrontaría mañana. El timbre la despertó de aquellos pensamientos, los primeros invitados empezaban a llegar, y en medio de todos ellos Rose con las última bandejas de los aperitivos pidiendo paso. Henri también ya estaba, mucho más atractivo que en aquella primera ocasión en el piso de Rose. Se saludaron. El resto de la noche hablaron poco, había muchos invitados a quién atender, pero Henri observaba todos sus movimientos, elegantes, seductores, y ella era temerosamente consciente de ello. Pero para Simone la noche también transcurrió entre conversaciones y risas, la comida y la bebida iba desapareciendo de bandejas y copas y el Boeuf Bourguignon había salido delicioso. Se sentía feliz, relajada, y poco a poco la noche también se fue consumiendo, y los vecinos, también felices, fueron regresando a sus hogares, hasta que cerró la puerta detrás del último invitado. Pero, ya sola, cuando se disponía a sacarse los zapatos, no estaba acostumbrada a andar con tacones, de golpe lo vio allí, de pie, al lado del gran ventanal que llevaba a la terraza. –Un poco de vino? le dijo alargando el brazo para acercarle una copa de Borgoña.

noviembre 2013

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