el trabajo

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Emilie esperaba a un lado de la plaza Real, situarse en el centro le hacía sentir transparente, desnuda ante los transeúntes que la miraban dentro de su mejor vestido. Se lo compró para un antiguo novio para quien ella sólo resultó ser una ilusión. Nunca comprendió si eso fue bueno o malo, aunque siguiera felicitándola en Navidad.

Henry era fotógrafo, no sabía si el mejor pero si el más económico que había encontrado en toda la ciudad a esas alturas del verano. El éxodo estival dejaba a los pocos ciudadanos que se quedaban en ella con los servicios mínimos, y el sector fotográfico no era menos. Era poco lo que demandaba, una foto para poner en la contraportada de su primer libro, por fin había encontrado una pequeña editorial que le publicaría su obra.

-¿Emilie?, le dijo una voz profunda a sus espaldas. Sólo entrar en la plaza la vio en el extremo opuesto esperando, no la había visto antes, pero enseguida supo que era ella, una mujer de curvas atrayentes. Era en lo primero que se fijaba a pesar de que el encargo no tuviera que ir mucho más abajo de los pechos. Defecto de profesión, se decía hacia sus adentros sin terminar de creérselo del todo.

-Sí, pronunció al mismo tiempo que se daba la vuelta esperando encontrar a su contacto. Su voz no pegaba con su cuerpo, no sabía bien porqué, pensó en ese primer segundo en que lo vio. Era un hombre muy atractivo, un poco mayor que ella, aunque en ese instante sólo deseaba terminar pronto e irse a casa. Todo aquello le parecía una pérdida de tiempo, el éxito del libro no radicaba en una fotografía suya, pero la editorial había insistido en contratar a un fotógrafo profesional para ello.

-¿Qué tal? ¿Cómo estás?, le dijo tendiéndole su mano. Emilie le tendió la suya, a la vez que sentía como se sonrojaba. Nunca había conseguido controlar sus emociones, deseo, y en ese maldito instante le estaba volviendo a suceder. Era cuestión de segundos, una simple mirada, un leve roce, el interlocutor perfecto.

Henry empezó su trabajo, en la misma plaza Real. Le gustaba esa chica, su cuerpo era sensual, atractiva ante la cámara, se sentía excitado al imaginar el rozar de su cuerpo dentro el vestido de satén negro que marcaban sus curvas, cada surco de su cuerpo, no llevaba ropa interior, y no más lejos de la sexta foto se acercó a ella y a medio centímetro del pómulo de su oreja izquierda, como aquel que lo desea morder, le dice, -¡déjame que te fotografíe desnuda!

Henry la llevo a su estudio en pleno corazón del barrio del raval, pequeño y bien iluminado por las primeras luces del día. Se sentía nerviosa, no lo podía ocultar, y sólo llegar le ofreció un te. Aceptó el ofrecimiento. Una bonita luz se colaba en la sala a través de las cortinas blancas del balcón y decidió que se sentaran en la mesita junto a él, la suave brisa que entraba hacía un poco más soportable el sofocante calor de agosto en la ciudad. Era muy hermosa, pensó Henry viendo como el contraluz iluminaba toda su cara, su cuerpo, y sin poder controlar su carácter impulsivo, dejó su te a medio tomar y se acercó a ella lentamente, mirándola a través de sus pequeños ojos almendrados, desnudando su cuerpo tras liberar cada uno de los corchetes que ataban su vestido. Tras cada corchete, tras cada pequeño roce de la yema de los dedos sobre su piel estremecían todo su cuerpo, cerrando levemente sus ojos.

marzo 2015

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