mi vida sin ti

​​20 de Marzo de 2015

Ya se nos fue el invierno, pero mis lágrimas no se marcharon con él, siguen en mi. Supongo que necesito tiempo, despacio.

Este fin de semana los niños lo pasarán con su padre, y tras llevarlos con él, al regresar a casa y cerrar la puerta tras de mí el vacío del hogar aún se sentía más vacío, o soy yo la que se siente vacía. No lo sé. Recuerdo los primeros tiempos después del divorcio, los niños aún eran muy pequeños y necesitaban dormir con la luz del pasillo encendida. Esos fines de semana que yo me quedaba sola también necesitaba esa luz, la soledad no se veía tan oscura, necesitaba ese hilo de luz en la puerta para luchar contra mis miedos. Un día de golpe los niños crecieron, no la necesitaron más, y yo perdí a mis miedos. Puede que hoy la vuelva a necesitar.

No tendría que estar triste, como me dijo E. esta mañana, tendría que sentirme feliz, por haberlo vivido, sentido, amado, sentir que estoy viva, y que si ocurrió una vez me puede volver a suceder dos, tres, cuatro veces. Mejor enamorarse veinte veces que ninguna por miedo.

Esta noche dormí mejor, desde que cerré los ojos a las once hasta que sonó el despertador, pero al abrirlos automáticamente estaba él en mí, mis lágrimas. Me levanté y busqué desesperadamente el colgante del caracol, no lo encontraba, y cuando lo encontré estaba sin el cordón. No lo podía meter, me temblaban las manos, me estaba retrasando, y perdería el tren. -¡Y no pierdas el tren!, me decía. ¡Volvieron las lágrimas, él, todo! Llevo el colgante, me ayuda a llevar su ausencia, esas conchas en la bolsita colgadas del retrovisor del coche. Hacía tiempo que casi no reparaba en ellas. Un día de lágrimas y tristezas en la playa, una llamada a mi teléfono, piedras y conchas en mi mano, jugueteando entre mis dedos. -Coge una bolsita, las metes dentro y las cuelgas del retrovisor del coche. Cuando te falte la fuerza suficiente para avanzar, estés triste, por qué todo se te viene encima, piensa en que yo estoy ahí, a tu lado. El ayer, hoy y siempre. En el tren volví a derrumbarme con mis compañeras de viaje, me escucharon, abrazaron, y me dijeron que si era lo que deseaba, me hacía sentir bien, no dejara de escribirlo, que me leería, sabría de mi, y que si un día yo necesité de él puede que un día el necesite de mí. La vida gira, da muchas vueltas. Esta mañana le escribí. Hoy si, mañana no lo sé.

Tras la puerta sentí la soledad y llamé a A. por si estaban en casa. Me dijo que fuera, y fui. Cené con ellos, lloré, vacié, y tras una velada que pasó sin darnos cuenta, me siento mejor, a esta hora cansada y con sueño, pero más serena.

Termina el día.

Feliz noche.

 

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