mudanza

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He vendido la secadora, sencillamente no la usaba, o me molestaba, no lo sé, y ya falta menos para qué M. tenga su bicicleta nueva. Hoy he tenido la sensación, al ver la pista de baile que nos ha dejado el hueco de la secadora, que mi casa empieza a ser el curioso caso de Benjamin Button, el rebobinado a cámara lenta de la película de veintidós años de ocupación, de llenar con el paso de los años aquellas habitaciones vacías que un día compramos. Cuando llegue el día que haya que partir, no habrá mudanza posible, porqué todas mis pertenecías cabrán en el maletero de un coche. Hace un año sentí que había llegado el momento, de vaciar, cuando tuve la certeza de que aquello que sentía era mi corazón como el mismísimo mar muerto. Puede que unos años tarde, tampoco lo sé, pero no hay mal que por bien no venga, y te das cuenta que con el despiste has vuelto a cargar de nuevo con lo que no debías, y aprovechas aquel viaje para deshacerte de algún bártulos de más. A día de hoy no echo en falta nada, de lo material, ni recuerdo lo que he dado, tirado y vendido, a lo mejor la enciclopedia queda en mí memoria, pero solo por el peso de los veinticuatro volúmenes que tuve que acarrear hasta el contenedor.

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